Archive for November, 2007

Guiño del Pasado

Monday, November 19th, 2007

Codex Manenssis acía una tarde de perros. Estaba literalmente diluviando, y la calle de arriba había sido engullida por un torrente que nacía en la casa de los abuelos de Marta y bajaba hasta mas allá del lagar. Me acuerdo que tenía los pantalones del chandal completamente chorreando, con los pies empapados en aquellas pequeñas camperas azules de suela de goma por dónde se adivinaba un dedo gordo a punto de terminar el agujero. A mi abuela probablemente no le gustaría que estubiera en la calle con la que estaba callendo, pero incluso con aquella lluvia enrrabietada y caprichosa de tarde de Agosto, el estar jugando por las calles del pueblo era lo más cercano al paraíso que mi mente de niño de 7 años podía imaginar. 

Salí de la furgoneta destrozada de al lado del lavadero y corrí calle arriba. Antes de torcer en la esquina del bar me pareció escuchar una música. Gire la cabeza y reconocí al grupo de los mayores, cobijados bajo el portal del Chino, en aquellos dos pequeños escalones de piedra, pegados unos a otros para protegerse del viento y las salpicaduras. Un diminuto radiocasete dejaba escapar una melodía que, aunque distante, se antojaba pegadiza. Me quede parado, bajo la lluvia, mirándoles como hipnotizado. Algunos de ellos me miraron, soltaron un par de carcajadas quedas, y luego una de las chicas (¿Paloma? ¿Cristina?), me habló:

- “¿Qué haces ahí?, ¡que te estás empapando! ¡Ven aquí a cubrirte, anda!” 

Titubeé un momento. La invitación sonaba realmente apetecible, y aquella musiquilla melosa, distante del radiocasete seguía inundándome los oídos, hipnotizándome, embaucándome cual Ulises al cantar de las sirenas… Codice desconocido pero era el grupo de los mayores, y eso, que duda cabe, imponía un respeto. Ellos eran, a fin de cuentas, los que podían ir a la piscina de Bubones en bici, mucho más allá del cruce, en terreno vetado por mis abuelos. Ellos eran los que se reunían en la puerta de la iglesia, debajo de la acacia, por la noche, a fumar y a hablar de sus temas de mayores… y eso, como digo, imponía un respeto. Ese respeto que luego el madurar de los años y las vivencias de cada verano en el pueblo tornarían en amistad. Pero en aquel momento ellos eran todavía el grupo de los mayores, y eso era precisamente lo que paraba a mis pequeños y empapados pies. Por fin vencí el respeto, y me acerque a ellos, cobijándome en el portalón.

- “Hola, ¿qué escucháis?”

- “¡Chssss!. Música. Siéntate y escucha”.

Me senté con ellos, callado, escuchando la canción. La melodía, muy sencilla, se le antojo a mi mente de niño simplemente deliciosa. La letra del estribillo, que hoy definiría como hortera a más no poder, se me grabó en la mente como a fuego: “Tú y yo, cogidos de la mano, tú y yo, gritando nuestro amor.” La calidad del radiocasete (o de la cinta quizá) me impedía discernir si el cantante era hombre o mujer, pero eso tampoco me importo mucho, tan embobado como estaba. La canción termino, y todos nos quedamos callados, como colgados en las ultimas estrofas del estribillo. Por unos momentos lo único que se escucho fue los goterones haciendo pompas en los charcos.

- “Ponla otra vez, anda”, dijo una de las chicas.

- “No, otra vez no”, dijo uno de ellos

- “Venga, sí, que nos gusta mucho.”

- “Pero si la hemos escuchado ya 2 veces”

Uno de los chicos empezó a burlarse de la canción, cantándola con voz tonta, como si tuviera un micrófono en la mano.

- “Ponla de nuevo, hombre”

Alguien se apropió del radiocasete y rebobinó la cinta por unos momentos. Le dio al play, y como por arte de magia, el principio de aquella canción volvió a sonar una vez más. La escuchamos en silencio, y al final de la misma se volvió a repetir la escena: las chicas pidiendo repetir la canción, los chicos protestando sobre ello. Nunca he estado más de acuerdo con las reivindicaciones femeninas que en aquella tarde… ni tan feliz de que se salieran con la suya. El caso es que volvimos a escucharla una y otra vez, así como 3 veces seguidas, al final de las cuales mi abuela apareció por la esquina del bar, buscándome.
 
- “Ricardito, hijo, ¿pero qué haces en la calle con esta lluvia?”

Volví en mi, y un par de tiritones me recordaron el frío que tenía. Me puse en pie. Mis entumecidos pies apenas protestaron al notar la humedad del suelo y las zapatillas.

- “Me tengo que ir”, dije quedamente. “Hasta luego”

- “Adiós”

Corrí hasta mi abuela, le di mi mano, y me fui a casa, todavía con la canción resonando en mis oídos.

A la mañana siguiente me levanté con la canción aun en mis labios… y con dos enormes bultos en mi garganta. La fiebre tampoco hacia presagiar nada bueno, y cuando empezó a subir de 40 mis abuelos llamaron al médico. Codex Omne BonumEl galeno lo tuvo fácil: paperas, antibióticos y una semana en cama. La fiebre de esos días, que se cebó conmigo de forma inusitada, tornó aquella tarde lluviosa, y es especial aquella canción, en algo lejano, quizá imaginario, en el limbo entre lo vivido y lo soñado. La letra y la música del estribillo se nunca se borraron de mi mente, para volver a mí, caprichosas y muy de vez en cuando a lo largo de todos estos años, como aquel recuerdo de la infancia que nunca supe discernir como real o como soñado.

Nunca jamás volví a escuchar la canción, o siquiera oir algo acerca de ella. Hasta hace un par de días. En algún rincón olvidado de la Internet hispanoamericana alguien había dedicado su tiempo a coleccionar mp3 de antiguas canciones horteras, y entre las elegidas había una canción de una tal Yuri Gonzaga, mexicana, de titulo “Tu y yo”. Vi el link en una de estas búsquedas de Google en las que te preguntas qué diablos tienen que ver los resultados que te da el buscador con lo que escribiste más arriba. Una pequeña bombilla se encendió en algún lugar de me cabeza cuando mis ojos sobrevolaron el link, y el recuerdo se hizo increíblemente vivido. No podía ser que fuera tan fácil… Me reproché a mi mismo el no haber buscado nunca aquella canción en internet en todos estos años. “Joder, vaya profesional de las IT que estas hecho, tío.” Moví el ratón e hice click en el link. Efectivamente, no podía ser tan fácil, y me acordé de la broma barata que el destino le juega al Sabina en una de sus canciones. El link estaba muerto; la página no existía más.
  
Por lo menos ahora sé un poco más de la canción. Aun así, no la he encontrado por ningún sitio en Internet para poder descargármela, y solo hay recopilaciones de grandes éxitos de la Gonzaga a la venta en México y algunas otras partes de Suramérica. Codice desconocidoImagino que además la mayor parte estará descatalogados. Ahora mismo lo más factible seria buscarlo en alguna tienda online y pedirlo por Internet. Aunque no sé… quizá sea mejor no buscarla y dejarlo estar.Muchas veces ese sentimiento tan especial que evoca el recordar una canción o película determinada se pierde al volver a escucharla o a verla pasado algún tiempo.

Y sinceramente, con toda la añoranza que me trae el recuerdo de esa canción en aquella lejana y lluviosa tarde en Gormaz, a día de hoy lo único que me evoca la letra del estribillo es pasteleo laurapausiniano.

Será que ya nos hacemos mayores.

PA.